Quién me iba a decir, amigo mío, que tus palabras cobrarían tanto sentido alguna vez? Unas palabras de las que me reí a carcajadas públicamente, por su descabellada irrealidad, por parecer tan irracionales, tan improbables, tan equivocadas; pero, en el fondo, en algún lugar donde nadie nunca llega, por falta de expedición de permisos especiales, lo sabía. Sabía que eran ciertas, y esa certeza no confesada, me hacía temblar en los momentos en los que me encontraba a solas, y podía bajar la guardia.
Sí, conocía la verdad, en lo más profundo de mi alma, sabía que habías acertado, sin ninguna malicia en tu intención, acertaste de pleno.
Cuánta razón tenías, mi querido amigo, cuando me llamaste Artemisa. Fuerte, salvaje, indomable, independiente, libre; y sola, por propia elección, pero sola.
Antes la soledad era ciertamente mi opción. No sólo la buscaba y deseaba, también la disfrutaba. Y la elegía. Relaciones superficiales, sin entrar demasiado nunca, y así ahorrarme la invitación para que entraran. Era más fácil, más cómodo.
Pero frío. Frío como Artemisa, cuyo único calor lo recibía de sus compañeros animales y las ninfas que la seguían. No era necesario más, todo era equilibrado, en perfecta armonía.
Pero tuve que conocer el calor...
No un calor físico, sino algo que va más allá, que se adentra en las profundidades del alma y te envuelve en un cálido abrazo. Y la pasión, no por una persona, sino por la vida, surge borboteante por todos los poros de tu ser.
Sí, amigo mío, tenía todas las apuestas en mi contra, incluso la mía propia, pero eso es lo que pasó. Y le pedí, le rogué, le imploré a Zeus que revocara esa petición de ser libre para toda la eternidad; mas su respuesta es dura a la par que implacable. Sin negociación, sin regateos.
Y ahora, mi astuto amigo, tus palabras martillean mi cabeza sin cesar. Me dijiste que estaba destinada a grandes cosas; que la soledad sería mi sacrificio y mi recompensa.
Supongo que lo sabías, siempre lo supiste, y me quisiste advertir. Con cada arañazo, cada magulladura en el corazón, no erán más que advertencias, de lo que podría venir, y por fin llegó. Tenías razón: Artemisa TIENE que estar sola.
Si cometió el error de pedírselo a Zeus, ahora debe aceptarlo y conformarse.
Pero no quiero. No quiero conformarme. No quiero rendirme totalmente. No quiero dejar de arriesgar aún a riesgo de no ganar. Porque ahora, cada 11 de cada mes, sentiré un pinchazo, leve pero profundo, al recordar su ausencia, al pensar en un corazón roto cuyos pedacitos no me dejan recoger para intentar pegarlos de nuevo, al echar de menos el olor a tabaco de liar.
No quiero olvidar.
No quiero no sentir.
No quiero dejar de ser humana.
No quiero que el ajenjo germine.