Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que escribí. Suficiente para pensar en mí, para encontrarme, para crecer y madurar, para convertirme en una persona que cada vez se parece más a la persona que realmente soy detrás de muchas capas de cebolla y barreras de protección; y comerme ese dinosaurio que algunos conocen como examen MIR, sin atragantarme y con una buena digestión.
Sí, ha pasado mucho tiempo, y muchas cosas. Durante meses estuve tentada de escribir algo, de sacar lo que llevaba dentro. El silencio no ha significado que no hubiese nada en mi cabeza, todo lo contrario, simplemente aprendí a convivir con ello. Demasiadas cosas, miedos e inseguridades, pero también alegrías e ilusiones. Todo mezclado, ha desfilado ante mí durante estos meses de ausencia bloguera. Una ausencia que unos pocos habrán sentido genuinamente, y otros pocos más, la mayoría, no habrá notado. Y me alegro de ello, pues una de las razones de volver a escribir, es que nadie lo volverá a leer, al menos no intencionadamente; he aprendido que la gente de internet, además de ser exhibicionista amparada en el anonimato, también es extrañamente recíproca con los seguimientos.
Si dejas de escribir, dejas de existir.
Creo que es mejor así.
Palabras
Hace 8 años
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